El Financial Times designó a Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE) como el hombre del año por su éxito al preservar el euro luego de tres años de crisis. En un reportaje sobre el tema, Lionel Barber y Michael Steen señalan que el papel central del italiano en la crisis del euro --la historia más grande de 2012-- le ganó el voto del rotativo inglés.
Y aunque señala que otros notables personajes como la canciller alemana Angela Merkel y Mario Monti, el extrovertido reformista y primer ministro de Italia, han tenido también un papel central, Draghi ha sido un líder protagonista que insistentemente ha animado a gobiernos y bancos a apoyar las medidas necesarias para preservar al euro.
Los columnistas recuerdan la víspera de la inauguración de los juegos olímpicos de Londres, cuando Draghi se encontraba entre los panelistas de un evento planeado para promover la inversión extranjera en el Reino Unido. Eran momentos en que la moneda europea se desintegraba en medio de costosos y sofocantes préstamos a Grecia, España y a su natal Italia.
Estaban al día las especulaciones sobre el rompimiento de la Unión Europea y sus incalculables consecuencias financieras y políticas. Era el momento de trazar una línea en la crisis y el presidente del BCE lo hizo con dos frases:
"Dentro de nuestro mandato, el BCE está listo para hacer cualquier cosa para preservar el euro"...y después de una pausa efectista añadió: "Y créanme, será suficiente".
En retrospectiva, dicen los escritores, la declaración de julio --la cual en efecto emplazó a los mercados financieros a desafiar el ilimitado poder del Banco Central Europeo-- pudo bien ser vista como un punto de retorno en los tres años de crisis. El impacto de las dos breves frases de Draghi en aquel discurso fue inmediato y durable.
Lo describen como un hombre que deriva sus habilidades de una carrera variada: economista, banquero central, banquero comercial (Goldman Sachs) y servidor público. Pero por encima de todo, dicen, es un estratega que reflexiona profundamente sobre los problemas y una vez que su mente se impone del asunto es un duro perseguidor de sus metas. De algún modo ha sido más atrevido que su predecesor Jean-Claude Trichet.
Bajo el mando de éste último, el BCE respondió más rápido que el Banco de Inglaterra y que la Reserva Federal de EUA en la primera fase de la crisis financiera global, en el verano de 2007, cuando los mercados de crédito se enfriaron. Pero más tarde el francés se encontró acorralado por el Bundesbank, el banco central alemán, que era implacablemente hostil hacia pecados como deuda e inflación.
Draghi relevó a Trichet apenas hace un año. En esa ocasión dijo a sus amigos que estaba lejos de garantizar que triunfaría, no obstante la formidable política que apoyaría la moneda única. Estaba muy preocupado acerca del Bundesbank y la opinión pública alemana, pero él estaba decidido a darles su mejor golpe.
Su primer movimiento fue introducir una operación de refinanciamiento a largo plazo para los bancos. Como él mismo dijo, esa operación (la cual se desarrolló en dos faces en diciembre 2011 y febrero de 2012) removió la posibilidad de una crisis bancaria causada por una carencia de fondos. Al proveer de liquidez de corto plazo por los siguientes tres años, el EBC ayudó a evitar que el problema se extendiera a la soberanía y a los mercados de derivados de crédito.
Aunque la iniciativa calmó a los mercados preocupados por los bancos, no enfrentó el otro mayor problema de la eurozona: el amplio diferencial en el costo de los préstamos entre países deudores (Grecia, España, Italia, Chipre) y los países prestadores encabezados por Alemania.
Para la primavera de 2012 esto se había propagado hasta convertirse en una amenaza exacerbada por el riesgo de que la eurozona podría desmoronarse, con Grecia como el primer país en salir de la Unión. Enfrentado con este catastrófico escenario, Draghi y el estaf del BCE vinieron con una nueva propuesta: Transacciones monetarias inmediatas.
Aunque ninguno de los países deudores ha ido lejos en su aplicación, el resultado ha sido una dramática caída en el costo de los préstamos para los países periféricos y una renovada confianza en que el euro puede sobrevivir y lo hará.
viernes, 14 de diciembre de 2012
viernes, 7 de diciembre de 2012
El Quijote y Lolita, arquetipos
En su notabilísima Introducción al Quijote, E.C. Riley alude a lo que parece ser una de las claves para la creación de personajes trascendentes en la literatura.
Al analizar la cuestión de las fuentes de la novela de Cervantes, ubica como posible precedente a "una distinguida pareja de cómicos italianos popular de 1574 en adelante. Éstos eran Bottarga (un hombre corpulento, de donde deriva la denominación de esos disfrases enormes utilizados en teatro y más recientemente en publicidad) y Ganassa (un hombre delgado).
"Es bastante improbable que Cervantes no los conociera, por lo menos de oídas, y es en cambio probable que, de manera consciente o inconsciente, su creación del personaje Don Quijote deba algo a Ganassa".
Riley asienta lo evidente respecto de Don Quijote y Sancho Panza: que no hay pareja de personajes en la literatura occidental que sea reconocible de una manera más inmediata y universal, incluso para la gente que no ha leído el libro.
Y añade que "este efecto no se debe únicamente a las dotes de Cervantes para la descripción breve y encendida, sino también a su identificación con un cierto elemento arquetípico".
Esta última afirmación coincide con una opinión de Jorge Luis Borges. En un texto sobre Nabokov, incluido en Apariciones, una antología de ensayos de Juan García Ponce, éste recuerda que en un escrito sobre Quevedo, Borges destacó que el autor español es, probablemente, palabra por palabra, el escritor perfecto, y sin embargo no ha alcanzado la popularidad que merece porque en su obra no existe un sólo prototipo, una figura ideal que cautive la imaginación como lo sería, evidentemente, Don Quijote, por ejemplo.
El propio Nabokov logró esa trascendencia con su novela Lolita, en la que se cumplió de nuevo el postulado de Riley y Borges: crear un arquetipo, en este caso Lolita: la ninfeta como símbolo sexual.
Al analizar la cuestión de las fuentes de la novela de Cervantes, ubica como posible precedente a "una distinguida pareja de cómicos italianos popular de 1574 en adelante. Éstos eran Bottarga (un hombre corpulento, de donde deriva la denominación de esos disfrases enormes utilizados en teatro y más recientemente en publicidad) y Ganassa (un hombre delgado).
"Es bastante improbable que Cervantes no los conociera, por lo menos de oídas, y es en cambio probable que, de manera consciente o inconsciente, su creación del personaje Don Quijote deba algo a Ganassa".
Riley asienta lo evidente respecto de Don Quijote y Sancho Panza: que no hay pareja de personajes en la literatura occidental que sea reconocible de una manera más inmediata y universal, incluso para la gente que no ha leído el libro.
Y añade que "este efecto no se debe únicamente a las dotes de Cervantes para la descripción breve y encendida, sino también a su identificación con un cierto elemento arquetípico".
Esta última afirmación coincide con una opinión de Jorge Luis Borges. En un texto sobre Nabokov, incluido en Apariciones, una antología de ensayos de Juan García Ponce, éste recuerda que en un escrito sobre Quevedo, Borges destacó que el autor español es, probablemente, palabra por palabra, el escritor perfecto, y sin embargo no ha alcanzado la popularidad que merece porque en su obra no existe un sólo prototipo, una figura ideal que cautive la imaginación como lo sería, evidentemente, Don Quijote, por ejemplo.
El propio Nabokov logró esa trascendencia con su novela Lolita, en la que se cumplió de nuevo el postulado de Riley y Borges: crear un arquetipo, en este caso Lolita: la ninfeta como símbolo sexual.
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