miércoles, 20 de marzo de 2013

Mover a México: claves del mensaje gubernamental


Cumplidos el pasado 10 de marzo los primeros 100 días desde que Enrique Peña Nieto ejerce la presidencia adquirida (en la acepción de que se adquiere lo que se compra) es posible trazar el perfil del esquema propagandístico (publicidad oficial) que se utiliza para posicionar favorablemente al gobierno, y justificar en el ánimo social la nueva tanda de reformas neoliberales en marcha.

Los ejes principales de la narrativa peñanietista son dos conceptos: "transformación" y "movimiento". El video promocional de tres minutos difundido por los 100 días enfatiza ambas ideas. Convoca a todos los mexicanos a "ser parte de esta gran transformación", e incluye frases como estas: "México, dispuesto a trascender sin miedo a la transformación"; "transformar a México implica mover todo lo que se tenga que mover: la gente, la mentalidad, las instituciones"; "Es momento de mover a México".

Me referiré primero al origen conceptual de esta estrategia, y enseguida, cómo se espera que funcione en la percepción ciudadana para ganar respaldo social y popularidad para políticas esencialmente antipopulares.

Los estrategas gubernamentales desarrollaron esta campaña copiando al antropólogo Clotaire Rapaille, un mercadólogo y publicista francés que cobró notoriedad, a partir de haber desarrollado la noción de Código cultural. Los lectores mexicanos han podido enterarse de la génesis de ese concepto gracias a la Editorial Norma, que en 2007 publicó aquí el libro El código cultural. Una manera ingeniosa para entender por qué la gente alrededor del mundo vive y compra como lo hace.

Rapaille plantea allí que cada cultura tiene sus propios códigos (evocación  sentimental o significativa que el cerebro suministra inconscientemente y que afectan nuestra respuesta ante determinados estímulos) para temas como el amor, la seducción y el sexo; la belleza y la gordura; para la salud y la juventud; para el hogar, el trabajo y el dinero; códigos para la comida y el alcohol; para las compras y el lujo, y hasta para elegir presidentes.

Descubrir el significado inconsciente que le atribuimos a cada uno de esos temas --según seamos estadounidenses, franceses, ingleses o alemanes-- permite identificar por qué hacemos las cosas que hacemos, así como anticipar comportamientos.

A partir de una metodología específica, Rapaille descifró los códigos culturales asociados con esos temas, y desarrolló eficaces campañas de publicidad para Chrysler, General Electric, AT&T, Boeing, Holanda, Kellog's y L'Oreal.

Desde que el mercadólogo francés identificó que el código para la salud y el bienestar es la idea de MOVIMIENTO, muchas campañas de imagen institucional han explotado el concepto. Durante el gobierno de Marcelo Ebrard la Ciudad de México fue promovida como "Capital en movimiento". El Partido Acción Nacional (PAN) ahora se pretende como una entidad de "Ciudadanos que movemos a México", con lo cual reclamó al PRI y al gobierno por la copia del eslogan.


La proliferación abusiva en el uso del concepto habla de la creciente influencia del llamado neuromarketing. Y, en el caso mexicano, del oportunismo y desfachatez con que las agencias de imagen copian estrategias que seguramente venden a los políticos mexicanos como originales. El problema es que a todos les venden lo mismo y por eso se producen disputas por lemas como la que protagonizan PRI y PAN.

Para los estadounidenses --y por extensión para los mexicanos que compartiríamos el mismo código cultural-- la salud y el bienestar involucran siempre la acción; están asociados al movimiento. Éste nos hace sentir saludables y nos confirma que estamos vivos. Evoca una impronta positiva.

Los comunicólogos de Peña Nieto no han hecho sino fusilarse el concepto con el propósito de conectar con el código inconsciente de los mexicanos y lograr así una fuerte asociación emocional con la idea de que el país se encuentra en una dinámica de avance permanente hacia el bienestar y la prosperidad.

Así, la campaña Mover a México está enfocada a crear un ánimo nacional proclive al cambio como sinónimo de movimiento, salud, progreso y bienestar, como dicta el código. Paralelamente, la misma campaña tendería a crear un clima de opinión adverso que vaya minando las resistencias histórico-culturales ante reformas como la hacendaria (IVA en alimentos y medicinas) y energética (privatización del petróleo).

No es casual que precisamente estas últimas se hayan dejado para el final: primero se encarceló a Elba Esther Gordillo para hacer creer que ningún interés particular está sobre el de la nación; luego se anunció la reforma en telecomunicaciones, para simular que se golpea a los poderosos monopolios privados de la televisión y la telefonía, todo lo cual podrá esgrimirse a la hora de justificar las medidas antipopulares que significan esas últimas reformas.

El rechazo a las reformas sería una postura desprestigiada socialmente, pues, con arreglo al clima prefigurado por la campaña Mover a México, se consideraría una actitud de estancamiento, inmovilidad y atraso, nada más alejado del código.

Para avanzar en el proyecto de esta "gran transformación" peñanietista sin muchas resistencias sociales, los estrategas gubernamentales se valen de otro código cultural identificado por Rapaille, el que corresponde a la presidencia: MOISÉS.

El personaje bíblico evoca al líder con una visión fuerte y con la voluntad de sacar a la gente de los problemas. A poco que se analice, se verá que el discurso del mexiquense se mantiene dentro de ese código. Cuando habla de que no llegó para administrar el país sino para transformarlo, y que esta será una nueva etapa de nuestra historia que nos conducirá a trascender (atravesar el largo desierto del inmovilismo panista), lo que está intentando es crear esa visión de grandeza y asumirse como el guía que nos conducirá a la Tierra Prometida, porque él sabe lo que está mal y cómo arreglarlo.

En este esquema de la comunicación política el asunto de la visión es clave, lo mismo que la habilidad que se tenga para transmitir el mensaje inspirador.

Como en otros aspectos del peñanietismo, las similitudes con su antecesor Carlos Salinas son inevitables. La estrategia central del de Agualeguas fue crear una visión de país próspero, moderno; una narrativa de éxito que favoreció su tránsito de la ilegitimidad a la aceptación, y le permitió conducir la primera generación de reformas neoliberales.

Parece la marca de la casa: crear una visión o narrativa que cautive y pónga a soñar a los mexicanos. No en balde Héctor Aguilar Camín se quejaba hace unos años ("Un futuro para México", Nexos, noviembre 2009) de que al país le hacía falta una nueva narrativa, pues tras el discurso de la revolución y el de la fracasada modernización salinista, carecíamos de un cuento que nos pusiera a soñar de nuevo.

Los panistas nunca fueron capaces de crear algo similar, de ahí su fracaso, entre muchos otros factores.Con el regreso del PRI parece haberse reactivado aquel proyecto de ganar tiempo para las reformas oligárquicas mientras se engatusa al pueblo con una visión.

Mover a México hacia su destino trascendente es la visión elegida. Lo malo es que se trata de un cuento muy visto, que podría conducirnos a otra tragedia económico y social acaso de mayores proporciones que la provocada por el salinismo. 





martes, 5 de marzo de 2013

Elba Esther y la restauración

Foto: @PRI_NACIONAL

La defenestración de Elba Esther Gordillo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y la declarada sumisión del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al gobierno de Enrique Peña Nieto marcan el inicio formal del proceso de restauración presidencialista, con su aura de autoritarismo vertical que caracterizó al sistema político mexicano desde su formación en 1929.

Asistimos hoy a la restauración de presidencialismo y a la puesta al día de uno de sus mecanismos más eficaces: el control corporativo de la sociedad como vía no para la construcción de consensos, sino para la imposición de la unanimidad.

En ese proyecto, resultaban esenciales dos cosas:

1. Que las distintas parcelas de poder --que tras el interregno panista parecían haber ganado autonomía-- recordaran dónde se encuentra la verdadera fuente de su poder y de sus negocios. 

La temprana declaración del nuevo gobierno de que recuperaría la rectoría del Estado en materia educativa, era en realidad una advertencia de alcances más amplios: el poder político reestablecería para sí el control de los negocios y cacicazgos inherentes a éste o a cualquier otro sector, público o privado: petróleo, telecomunicaciones, gobiernos locales (recuérdese como al perder la presidencia, el partido se atrincheró en el ámbito de los gobiernos estatales, cuya mayoría nunca perdió, y que así ganaron cierta autonomía del poder central).

La caída de la maestra no fue sino el golpe de autoridad requerido para recordar a los principales liderazgos que el sistema está de vuelta, que, como siempre, está al tanto de las trapacerías de todos y que a menos que se plieguen a los nuevos designios, tendrán que entregar sus cotos de poder y, si se ofrece, ir a prisión previa exhibición pública de sus sabidas corruptelas. De ahí la advertencia-mensaje en voz de Peña Nieto durante su unción como jefe máximo del PRI:  en México "no hay intereses intocables".

2. La recuperación del Partido como suministrador, mediante sus tres sectores tradicionales, de la base social incondicional (las llamadas mayorías) que apoyará sin ambages el proyecto de privatización neoliberal del nuevo gobierno, y que le dotará de una imagen, así sea escenográfica, de respaldo popular. 

El control corporativo se restaura y se recarga mediante la regla básica: sumisión e incondicionalidad absolutas al poder central. Así, el llamado Pacto por México es, a su modo, una variante ampliada del corporativismo oficial, dentro del cual cabe toda la sociedad. Sólo que a los tres sectores del Partido (campesino, obrero y popular) se agrega ahora un cuarto: el de los partidos políticos representados en el Congreso, dispuestos a aprobar las leyes necesarias para el nuevo diseño en el que concuerdan.

Así, el cerco de control y dominación política sobre la sociedad queda completo. Como antaño, la unanimidad es el rasgo distintivo. Todos a uno coinciden en qué es lo mejor para el país, y todos a uno están de acuerdo en los medios: las reformas estructurales en trabajo, educación, energética, telecomunicaciones y fiscal (incluido el IVA generalizado en alimentos y medicinas).

En esa redistribución del negocio-país, que supone cada una de esas reformas, la reafirmación del poder político, con el presidente en la punta de la pirámide, es necesaria para  evitar que la clase política sea desplazada por el avasallante poder económico. Si bien aquélla es un desdoblamiento de éste, no hay una subordinación mecánica y en esa relación se producen confrontaciones y disputas por la definición de fronteras.

En ese marco, el reposicionamiento del poder político frente al económico tuvo otra señal en la reforma al juicio de amparo, la cual arrebató a los particulares en ejercicio de una concesión, el recurso de la suspensión provisional que les permitía seguir explotando el bien hasta en tanto se resolviera el asunto de fondo.

Pero se trata sólo de disputas coyunturales porque la clase política priista es parte de la burguesía local aliada al capital trasnacional en el diseño y aplicación aquí de los postulados del neoliberalismo globalizador ahora en su face financierista (esa a la que los costos de producción y el trabajo asalariado le pesan tanto que los considera una carga que reduce la renta del capital, y prefiere por ello concentrarse en obtener ganancias a partir de la especulación financiera, donde la deuda soberana de los países es una de los principales alimentadoras del sueño máximo: crear dinero sólo a partir de dinero, sin trabajadores, sin fábricas ni sindicatos).

A eso apuntan las reformas estructurales. Si se mira con atención, se verá cómo en la reforma laboral del año pasado, uno de los principales puntos consistió en favorecer el despido del trabajador sin responsabilidad ni costo para el patrón, cuando éste considerara, después de un contrato por un mes, que aquel no era apto.

Eso significa terminar con una conquista laboral: estabilidad en el empleo, que implica la obligación de indemnizar al trabajador despedido. La reforma educativa postula básicamente lo mismo. La permanencia en el empleo queda supeditada a la aprobación de exámenes que calificará el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), una entidad autónoma, pero cuyos comisionados serán designados por el presidente, con lo que se presume que cuando se requiera adelgazar la planta docente, se "reprobará" al número de maestros que se requiera en cada coyuntura.

Además, ese mecanismo de inestabilidad en el empleo servirá para favorecer a los empleadores particulares, pues no se olvide que el diseño de mediano plazo es avanzar también en éste ámbito hacia la privatización educativa.


martes, 5 de febrero de 2013

México ¿tigre Azteca?

Los "análisis" que la prensa extranjera escribe sobre México resultan casi siempre inexactos. Su tendencia a esquematizarlo todo, los hace incurrir en simplificaciones por completo ajenas a los complejos procesos políticos y sociales por los que transita nuestro país. Más si se trata de medios de la derecha financiera como el Financial Times.

En un texto titulado "México: tigre Azteca", firmado por Adam Thomson, el pasado 30 de enero, ese rotativo muestra su entusiasmo desbocado por la figura de Enrique Peña Nieto, mostrándolo como el reformador que salvará México. No obstante sus inclinaciones ideológicas, se trata de un medio de gran prestigio internacional, que arrastra en  textos como el comentado, carente del mínimo rigor profesional y de un desconocimiento absoluto de la realidad que pretende analizar.

Juzgue el lector mediante esta traducción que ofrece Contadero:

  
México se ha convertido en el símbolo de un nuevo dinamismo económico y en la nación predilecta de los inversionistas internacionales, por encima de Brasil, cuya economía ha perdido lustre.

La economía mexicana creció cerca de cuatro por ciento durante el último año, casi el doble del promedio anual registrado en lo que va del siglo.

Este mes, Larry Fink, quien encabeza Black Rock, la compañía más grande del mundo en el manejo de valores llamó a México "una increíble historia de crecimiento". En tanto, Lisa Schillener, de Standar and Poor's, la agencia calificadora de deuda, dijo que el rango BBB de la deuda soberana del país podría estar a punto de ser elevado si México aprueba las cruciales reformas estructurales.

Los inversionistas extranjeros han salido masivamente a colocar su dinero en México, dice el rotativo inglés. Y añade como prueba que durante los primeros nueve meses de 2012 fondearon 57 mil millones de dólares en acciones y bonos mexicanos, más de cinco veces la cantidad que invirtieron en Brasil durante el mismo periodo.

Eso está a años luz de los tiempos sombríos que afectaron al país hace unos años, cuando algunos comentaristas estadounidenses poco impresionados por el bajo crecimiento y alarmados por la violencia relacionada con las drogas comenzaron a sugerir que México podría convertirse en un Estado fallido.

¿Qué ocurrió que convirtió a México en un buen prospecto? y ¿está justificado el optimismo del centrista Partido Revolucionario Institucional (PRI)? Después de todo --recuerda el texto-- la última vez que hubo tantas expectativas acerca de las perspectivas de la economía mexicana, durante la administración del priista Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), el país terminó en la agonía del llamado efecto Tequila, con una aguda devaluación y una muy severa recesión.

La más reciente respuesta a la primera cuestión se llama Enrique Peña Nieto. Desde que el ex gobernador estatal de 46 años ganó la elección presidencial de julio para el PRI, los inversionistas lo han visto como la mejor oportunidad de liberar al congreso de la parálisis que ha bloqueado las reformas estructurales, las cuales muchos analistan creen que podrían transformar la, con frecuencia indolente economía mexicana, en un tigre Azteca.

Los intereses internacionales en México están demasiado enfocados en las capacidades del país como una base de producción desde donde las compañías pueden exportar hacia Estados Unidos. Pero las reformas del señor Peña Nieto intentan cultivar un ambiente más saludable para que las inversiones del exterior lleguen a la economía doméstica. Él está buscando introducir más competencia en telecomunicaciones y energía mientras da pasos para sacudir a los notoriamente ineficientes sistemas de impuestos y educativo.

Muchas de las esperanzas de que pueda ser capaz de empujar las reformas descansan en el propio PRI, el cual gobernó México por 71 años consecutivos bajo una cuasi democracia, hasta que perdió el poder en 2000. Durante ese periodo muchos mexicanos asociaron al PRI con la corrupción y el fraude electoral; como un partido cuya organización tentacular asfixiaba los procesos democráticos para retener el poder.

Al mismo tiempo, sin embargo, muchos vieron al partido como la única fuerza política con suficiente capital humano y experiencia para gobernar eficazmente. Es muy difícil decir lo mismo del izquierdista Partido de la Revolución Democrática, el cual nunca ha conseguido la presidencia, o del conservador Partido Acción Nacional, el cual durante las pasadas dos administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, promovió reformas estructurales, pero finalmente careció de la capacidad política para funcionar con un congreso dividido.

Como dice Luis Rubio, del Centro de Investigación para el Desarrollo: "El problema real de México es que por años no hemos tenido un presidente que pueda hacer las cosas".

Durante sus recorridos de campaña y ahora como presidente, el acicalado y pro empresarial señor Peña Nieto ha trabajado duro para distanciarse a sí mismo de la pobre relación histórica del PRI con la democracia y la transparencia, en particular durante el gobierno del señor Salinas, aunque éste tiene influencia en la actual administración. El señor Peña Nieto ha tratado de asociar su partido con una reputación de eficiencia y gobierno efectivo.

La imagen de eficiencia ha viajado rápidamente. Cuando el señor Peña Nieto se reunió con Barack Obama en noviembre, el presidente estadounidense expresó su confianza en que desarrollaría una relación cercana con un líder mexicano que "tiene una excepcional de reputación de querer ver las cosas hechas".

Políticamente el señor Peña Nieto ha promovido la idea de un gobierno incluyente.Un ejemplo obvio es el señor José Antonio Meade, quien fue secretario de Hacienda durante la anterior andministración centro-derechista. Otro es el nombramiento de Rosario Robles, una ex líder del izquierdista PRD, como secretaria de Desarrollo Social, un cargo importante en un país donde casi la mitad de la población vive en la pobreza.

Eso contrasta con el gabinete del señor Calderón, el cual careció de figuras pertenecientes a todo el espectro político. Poco después Peña Nieto extendió esta rama de olivo a la oposición, y apenas 24 horas después de haber sido investido como Presidente, produjo el Pacto por México, un documento con 95 propuestas de reformas firmado por los líderes de los principales partidos polìticos.

Algunos observadores vieron el pacto sólo como otra hoja de papel- "Ha habido decenas de esas cosas a través de los años", argumentó Carlos Elizondo, un profesor del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), una institución de educación superior. "Y ninguno de ellos ha contado nunca para nada".

Pero Duncan Wood, quien encabeza el Instituto México del Wilson Center, cree que el pacto, con todo y su ambiguedad en algunos temas, muestra la determinación del señor Peña Nieto por sobreponerse a la parálisis política que ha impedido realizar las reformas. "es una propuesta política", dice el señor Wood. "Y se ajusta a la tradición del PRI de tratar de construir concensos".

Con el mismo espíritu, el señor Peña Nieto se convirtió este mes en el primer presidente mexicano en dos décadas en visitar la sede del Senado para desayunar con un grupo de legisladores. Por supuesto que los factores económicos también han ayudado. La hábil conducción económica ha producido una baja récord en la inflación y en las tasas de interés.

Ello ha resultado en un alza histórica en las reservas internacionales y modestos niveles de deuda pública. México está compitiendo eficazmente con China por los mercados estadounidenses. Los altos costos de transporte y el incremento de salarios en Asia, están haciendo de México una más atractiva base para la exportación de manufacturas.

Pero lo que ha emocionado a los inversionistas privados es la aparente determinación del señor Peña Nieto de acelerar el crecimiento pasando por los intereses creados del país. Esto lo enfrentará con los poderosos jefes sindicales, como Elba Esther Gordillo, la formidable líder del influyente sindicato de maestros.

Los críticos alegan que ella posee una impresionante colección de propiedades, incluida una lujosa villa cerca de San Diego. En diciembre, el señor Peña Nieto propuso sacudir el sistema restringiendo el poder sindical significativamente.

Los intereses creados también se extienden a los poderosos negocios, como los del señor Slim, los cuales dominan importantes sectores haciéndolo difícil para los competidores. Entre otras cosas, el Pacto del señor Peña Nieto propone introducir más competencia en telecomunicaciones, mientras debilita el control de Televisa y TV Azteca, el sector privado de emisoras, creando dos nuevas cadenas de televisión.

Aprovechando el pacto, el nuevo presidente de México está empujando las reformas fiscal y de energía, quizá para este mismo año. Esa no es una tarea sencilla. Los legisladores han invertido años debatiendo la necesidad de un ajuste fiscal, pero con poca utilidad.

Recientemente ellos han empezado a mirar el altamente protegido sector energético, el cual es controlado por Pemex, la compañía estatal de petróleo y un ícono histórico del orgullo nacional. México ha sido por largo tiempo uno de los 10 más grandes productores y aproximadamente un tercio del ingreso gubernamental proviene del petróleo.

Pero la ausencia de nuevos descubrimientos y el envejecimiento de los pozos petroleros ha llevado a una caída de 24 por ciento en la producción desde 2004. Incluso se ha predicho que México podría convertirse en un importador neto de petróleo si el gobierno no permite pronto al sector privado jugar un más grande papel en esa industria.

En una entrevista reciente con el Financial Times, el señor Peña Nieto reconoció las dificultades que estos temas podrían provocar. "Claramente hay posiciones ideológicas y partidistas sobre ciertos temas...no se trata de lograr una unanimidad, sino de alcanzar una mayoría".

Críticamente, aún hay restos de la guerra contra las drogas la cual ha cobrado alrededor de 70 mil vidas en los pasados seis años. El nuevo presidente quiere priorizar la seguridad de los mexicanos, sobre el asesinato o la captura de los más altos capos de las drogas. En un movimiento que él cree que dará resultados, colocó la seguridad pública, que hasta hace poco era un ministerio separado, bajo el control de la Secretaría de Gobernación.

La administración también está tratando de disuadir a los medios de la cobertura de la violencia desechando la práctica --común durante la administración del señor Calderón-- de citar a conferencias de prensa para mostrar la captura de traficantes.

Los expertos admiten que no hay soluciones rápidas. Como dijo el señor Wood, del Wilson Center: "si los niveles de violencia no caen, se convertirá en un gran problema para el gobierno".

Los desafíos son inmensos, pero los avances en el Congreso y los grandes signos de cooperación interpartidista sugieren que el señor Peña Nieto y su equipo poseen las habilidades políticas necesarias para levantar los candados políticos. Como dice el señor Rubio: "Los profesionales están de regreso. Ahora tenemos que ver si consiguen hacer las cosas".