viernes, 8 de abril de 2011

Ciro Gómez Leyva: manipular al oyente



Ciro Gómez Leyva es un periodista al servicio del poder. No se trata de una afirmación maniquea. Es, en cambio, una definición que puede verificarse empíricamente, mediante sus textos en el periódico Milenio, o mediante sus opiniones en su programa de radio o en Tercer Grado que graba en Televisa junto con Carlos Marín, Dennis Maerker y Joaquín López Dóriga.

Cobijado con el manto de una muy dudosa objetividad, que él pretende acreditar sólo porque procura entrevistar a todas las partes involucradas siempre que surge algún conflicto social o político, se ha lanzado contra aquellos periodistas que examinan con rigor crítico las posturas de los hombres del poder, acusándolos de tener una visión conspirativa de la realidad.

Gómez Leyva desestima todo análisis crítico que no se base en hechos demostrables. No está mal que así lo haga. Es un deber del periodista. Sólo que se trata de una postura que en realidad le hace el juego al grupo gobernante, porque también es un deber del periodista investigar los indicios que pueden conducir a revelar acciones impropias en el gobernante.

Él y sus compañeros rechazan las teorías de la conspiración y entonces parten del hecho de los grupos de poder actúan desinteresadamente, sin animosidades ni pasiones partidistas ni ideológicas. Esto, siempre que no se trate de opositores, porque, entonces sí, la famosa objetividad queda en un cajón.

Este viernes, por ejemplo, en su programa de radio, Fórmula de la tarde, Gómez Leyva fustigó a quienes critican al gobernador de Chihuahua, César Duarte, por su propuesta de hacer obligatoria la inscripción de ninis (la leva en la era de la informática) al ejército durante un periodo de tres años.

Lo critican, dijo el periodista, pero por ignorancia o falta de imaginación, nadie propone nada. En cambio --completó su parto de difíciles ideas-- a quien se atreve y sale a proponer algo, se lo acaban con críticas.

Este argumento de que nadie propone es falaz. Gómez Leyva miente o está desinformado. Sea de ello lo que fuere, en ambos casos, por ignorancia o mendacidad, manipula y predispone la opinión de los radioescuchas contra todos aquellos que formulan críticas a los poderes constituidos. En eso consiste su labor manipuladora.

Veamos: apenas es concebible que este comunicador ignore que desde distintas tribunas (académicos, intelectuales, partidos políticos, grupos de economistas y destacadamente el doctor José Narro Robles, rector de la UNAM) y en diversos tonos se ha propuesto que se abandone el actual modelo económico.

Como se ha documentado, es este modelo basado en el denominado Consenso de Washington, el responsable de que este país haya crecido en los últimos 30 años a una tasa promedio de 1.9%, cuando se requieren tasas de crecimiento del orden de 6% anual.

Es este modelo el que favorece la concentración de ingreso, el que otorga ventajas a los capitales golondrinos  que obtienen ganancias en inversiones especulativas y no en las productivas; todo ello condujo a este país a la falta de empleos, la caída de los salarios en términos reales, el regateo de recursos para inversión en educación, ciencia, tecnología y cultura.

Es este modelo el que ha cancelado las oportunidades de educación y de trabajo a las jóvenes generaciones, ahora bautizados con el acrónimo ninis y que incluso medra con las pensiones de los más viejos.

La propuesta no puede ser otra que modificar el modelo económico que condujo al país a esta situación. Pero para Gómez Leyva y otros periodistas de su clase, eso no debe tocarse porque es el modelo impuesto y del que se benefician sus patrones.

Nada contra el statu quo al que sirven sin declararlo. Seguramente estaría contento con escuchar propuestas que no modifiquen el actual estado de cosas, propuestas cómodas que se ajusten al esquema conocido, propuestas cosméticas que en vez de resolver sólo sean paliativos ante los problemas.

Ese es el corazón de su manipulación: descalificar las críticas, hacer ver a los inconformes sólo como opositores irracionales. Y ocultar las propuestas, esas que apuntan a desmoronar el actual estado de cosas del cual él y otros como él creen beneficiarse, aunque en realidad sólo sean lamentables operadores.

PRD o el tonto inútil

Esta mañana Oscar Mario Beteta, el conductor del noticiario En los tiempos de la radio, "entrevistó" al presidente del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el estado de México, Luis Sánchez Jiménez.

La conversación resultó de antología porque compendia el modo en que desde los medios de comunicación se denosta la figura política de Andrés Manuel López Obrador.

Beteta, en su bien conocida veta de vocero gubernamental, se "olvidó" de la objetividad periodística. Escribo lo anterior no porque crea que tal objetividad exista, sino porque él y otros periodistas (léase Ciro Gómez Leyva y Carlos Marín, entre otros) corren a cobijarse bajo su manto y la invocan desgarrándose las vestiduras cuando así conviene a los intereses de quienes sirven.

El intercambio entre ambos personajes no tiene desperdicio: el líder partidista lloriqueaba:
--Es que López Obrador se opuso a la alianza en el Edomex porque no le interesa la suerte de los mexiquenses; a lo que el comunicador secundaba:
--Sí, hombre, qué barbaridad, todo con tal de afianzar su candidatura hacia el 2012.
--Sí, sólo ve por sus intereses personales.
--Es increíble que eche a perder el esfuerzo de su partido y que no atienda la opinión ciudadana.

Ese fue el tono de la "entrevista". Pero vengamos al asunto de este post. Entre las declaraciones del "líder" del perredismo mexiquense destaco una: sin alianza el PRD no puede ganar en el Edomex; seamos realistas, admitió, solos no podemos ganar esa elección.

La declaración llama la atención porque constituye un abierto reconocimiento de la incapacidad de la militancia y sus líderes --desde luego del propio declarante-- para atraer las preferencias de los electores. Es un reconocimiento de la falta de trabajo político de ese partido entre los ciudadanos de ese estado.

Si llegado el tiempo de una elección, un partido reconoce que no tiene posibilidades de ganarla, eso significa que su oferta política no resulta atractiva para los electores porque o no se ha sido capaz de diferenciarla ni ha sido exitosa cuando se ha gobernado, o porque la población no conoce esa oferta.

En ambos casos, lo que esa situación revela es la incapacidad partidista para acercarse a los ciudadanos y realizar un trabajo político allí donde importa: en la colonia, en el barrio, en el ámbito cotidiano de las personas.¿Quien esperan que realice ese trabajo? ¿Creerán, por ventura, que sólo con espots concitarán adhesiones?

Ese hecho ilustra con suficiencia la crisis del actual sistema de partidos: han abandonado la representación y gestión de los intereses ciudadanos, así como la educación político-ideológica que permita formar ciudadanos en el ejercicio cabal e intensivo de sus derechos y no simples clientelas políticas. 

Cuando un líder admite que su partido no puede ganar elecciones, lo que está admitiendo es la inutilidad de ese partido como representante de una franja del espectro ideológico de la sociedad. Quizá se trate, en efecto, de un espectro, puesto que resulta inexistente, fantasmal.

Hora de preguntar: ¿qué hacen los dirigentes partidarios con los millones de pesos que como prerrogativas les otorga la ciudadanía vía el Instituto Federal Electoral? ¿Si no es al trabajo político, a qué dedican esas fortunas? ¿Acaso se destinan únicamente a mantener a una --en esos casos y a juzgar por los resultados-- inútil burocracia partidista?

Un partido, hay que recordarlo, está catalogado por la ley como una entidad de interés público. Es decir, como medio y garante de la participación ciudadana en las cosas de la República (de ahí la etimología de la palabra: Res publica), es decir, en los asuntos públicos que regulan la vida política de una nación.

Si no cumple con esas condiciones --como evidentemente no lo hacen nuestros partidos-- está robando el dinero público.

Así, los líderes perredistas del Edomex que pugnan por la alianza con el PAN se han de creer muy listos y han de "pensar" que argumentan impecablemente cuando defienden esa mezcolanza mediante el dicho de que solos no pueden.

En su cortedad de miras no atinan a percibir, que lo único que ventilan con esas declaraciones es su incapacidad política o, mejor, su inutilidad. Pero eso, nadie parece estar dispuesto a discutirlo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Marcha: ¡Ni un muerto más!

Ya basta

En México, los ciudadanos de este país necesitamos con urgencia un mecanismo legal, político --llámese revocación del mandato, plebiscito o asamblea popular-- que permita reorientar en cualquier momento la acción gubernamental. El empecinamiento o fascinación malsana de Felipe Calderón por la guerra, por el derramamiento de sangre, por la violencia atroz en que ha sumido al país hacen necesario ese instrumento en manos del pueblo.

Se han discutido ya con suficiencia las motivaciones políticas del michoacano para iniciar y mantener el actual estado de shock, como elemento de control social, incluido el hecho de su sujeción a los designios de Washington en detrimento de nuestra soberanía.

Digamos de paso que el desencuentro coyuntural entre Calderón y la administración Obama --provocado en buena medida por las revelaciones de Wikileaks-- parece superado. Ayer mismo, Michele Leonhart, directora de la agencia antidrogas estadounidense (DEA), regresó al discurso previo al diferendo:

Calificó a Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública federal, como "el mayor combatiente del narcotráfico en México"; reafirmó el objetivo transexenal de Washington de que esta guerra "debe ir más allá de un gobierno" y confirmó el discurso calderonista de que la violencia "es señal del éxito en la lucha contra los cárteles.

Con tales declaraciones, EUA y Calderón (pues su discurso es coincidente) se colocan claramente del otro lado de la raya y contrapuestos a los miles de ciudadanos mexicanos que esta tarde se manifestarán en 48 ciudades del país y en por lo menos 13 ciudades del extranjero contra esa violencia a la que ellos, sin el menor rubor, consideran "un éxito".

Así, cada uno de los casi 40 mil muertos que ha cobrado esta guerra, cada familia enlutada, cada joven y cada niño (los hermanos Almanza, los jóvenes de Villas de Salvárcar, los estudiantes del Tec de Monterrey, el taxista y la madre que recogió a sus hijos del colegio en Acapulco para morir en un tiroteo, el propio Juan Sicilia), cuyas vida, cuyos proyectos, esperanzas y afanes han sido segados por la brutalidad y la estupidez asesina que nos asola, todos ellos, son, para los gobiernos de uno y otro lado de la frontera --ahora lo confirmamos-- la prueba del "éxito" de la estrategia dictada por EUA y seguida obsecuentemente por Felipe Calderón.     

Se trata de un cinismo desbordado e inhumano que no piensa detenerse, pues ayer mismo también, el jefe del Comando Norte, de Estados Unidos, almirante James Winnefeld, luego de elogiar la cooperación militar con México, sugirió (¿ordenó?) que el gobierno de Calderón "tendría que abrir en su frontera Sur otro frente de lucha contra el crimen organizado", pues el norte de Centroamérica, definió, "es la zona más peligrosa del mundo", si se excluyen las regiones de guerra activa.

Como no piensan detenerse, los ciudadanos tampoco deberíamos hacerlo. En el corto plazo tendríamos que conformar una organización que nos mantenga movilizados de aquí hasta que sea necesario con tal de detener este tsunami de sangre al que estamos expuestos.

Y la marcha de esta tarde podría ser el inicio. Como ha propuesto el propio Javier Sicilia, debería acordarse una marcha nacional similar el día 7 de cada mes. Pero no sólo. Esa organización debería pugnar por empujar reformas constitucionales que hagan imposible que esto se repita.

Esas reformas deben apuntar a terminar con el elitismo democrático, ese que es justificado por autores como Giovanni Sartori, para quien en las elecciones los ciudadanos lo único que hacemos es "decidir quien va a decidir" el rumbo de un país.

Según esa concepción, Calderón estaría en todo su derecho de haber decidido por sí mismo esta guerra, pues quienes lo eligieron --en caso de que en efecto "haigan" sido mayoría y ese 0.56% sea real-- le entregó esa facultad. Se trata, como digo, de un elitismo democrático inaceptable en esta época y cuya concepción tendríamos que modificar, por la vía de instrumentos como la revocación del mandato, cuando no se atiendan las directrices de la sociedad.

Para lograr lo anterior, tendría que recuperarse el artículo 39 de nuestra Constitución (la soberanía reside esencial y originalmente en el pueblo) y modificar el artículo 41, pues, como con acierto ha observado el doctor Juventino V. Castro y Castro, al señalar que el pueblo ejerce su soberanía a través de las autoridades federales y estatales, en los hechos lo que hace es arrebatarle la soberanía al pueblo para reducirlo a la calidad de "simple gobernado".

Sólo liberándonos de estas y otras añagazas legaloides, políticas, sociales y hasta mentales que nos agobian podremos modificar nuestro destino. Por lo pronto, esta tarde

¡TODOS A LA MARCHA!